jueves, 18 de febrero de 2016

Grandes nimiedades

Había salido muy cansada de trabajar, pero aún así, pensaba quedarse levantada. Llevaba toda la semana esperando para ver el eclipse. Además hacía una noche maravillosa, de esas en que la temperatura se mantiene en el umbral de lo fresco y lo caluroso.
Lo tenía decidido. De hecho, pensó que le serviría para relajarse, últimamente se sentía un poco tensa y alicaída. Desde hacía algún tiempo su vida se había ido desmoronando plano a plano como una torre de naipes.
Cogió el pequeño petate blanco que había junto a la puerta  y salió a la terraza.
 La luz platino de la luna llena alumbraba tímidamente la negrura de la noche, que transcurría envuelta en el sonido del silencio. Mientras montaba la silla pensó en todo el mundo que no entendía como en momentos así prefería ocuparse de tales nimiedades en vez de buscar soluciones.
Como si fuera un antiguo castillo medieval, su casa parecía vigilar, desde lo alto, al resto de casas que se diseminaban a lo largo de la pequeña hondonada que formaba el terreno. Y además esa terraza. Siempre le había gustado. Era como una habitación mágica, sin techo, para dejar volar los sueños. Cuando entrabas en ella, su forma parecía trasladarte a bordo de un barco que surcase el cielo. A un lado una barandilla, al otro la otra y  al fondo, la quilla; formada por dos altas paredes con sendos agujeros que invitan a mirar. Permaneció unos minutos asomada, era como asomarse a la ventana de Heidy.
 El horizonte lo recortaban las montañas de la sierra, que en algunas puestas de sol parecían islotes en el mar. Los tímidos faroles de las casas parecían los de cualquier pueblo de cuento. Miró al cielo, el eclipse había comenzado. Se prepararía algo para tomárselo mientras veía el eclipse.
Bajó a la cocina y procurando no hacer ruido, se preparó un zumo de naranja y un poco de chocolate “para endulzarse la vida”; sus propios pensamientos la hicieron sonreír.
Regresó a la terraza y se tumbó en su silla de playa. Miró al cielo, la luna apenas había sido ocultada por la tierra. La luz que desprendía hacía que se pudiesen apreciar varios tonos de azul, y las estrellas, con su tímido destello adornaban ese espectáculo de la Naturaleza. Cerró los ojos un instante. A través de su piel percibió una brisa que con su movimiento lento y sosegado llenaba todo de una quietud viva.
Permaneció así, empapándose de la serenidad que transmitía la noche y tras pasar algunos minutos dejando vagar su mente por el mundo de los pensamientos, abrió los ojos y volvió a mirar a la luna.
Ya se había ocultado casi en su totalidad, de nuevo cerró los párpados y su mente; guiada por el oído, evocaba todo tipo de historias.
Si un perro aullaba se encontraba en la estepa siberiana. O en Sierra Morena, con su manta jerezana a lomos de su cabalgadura. Si era un ave nocturna la que rompía el silencio, era porque estaba en una isla pirata. La bucanera más temida. Si un coro de grillos alborotaba la noche, rápidamente se trasladaba a un bosque dónde los cuentos de duendes y hadas eran ciertos.
Una vez más abrió los ojos, el eclipse ya era total. Permaneció largo rato admirando ese gran espectáculo de la Naturaleza. Su mente; ahora con selenitas y ritos ancestrales, siguió vagando por el mundo de la imaginación, hasta que el destape de la luna trajo consigo la vuelta al mundo real. Si un perro ladraba….era señal de alarma. Si un ave nocturna rompía el silencio….era la alarma de algún establecimiento. Si un coro de grillos se formaba…

Suspiro; y pensó: que grandes las pequeñas cosas. Dio gracias por no olvidarse de querer disfrutarlas y a pesar de todo se sintió afortunada.

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