miércoles, 20 de enero de 2016

De vuelta a la inocencia

A las 12:30 Saturia debía estar en la clínica. Debido a sus achaques, ya hacía tiempo que andaba un poco torpe así que  esa mañana se levantó un poco más temprano de lo normal. Ya eran pocas las veces que salía de casa pero cuando lo hacía le gustaba ir arreglada; como cuando siendo niña la vestían de domingo.
Cuando estuvo preparada y tras revisar su bolso comprobando que no olvidaba ningún papel  de los que debía llevar al doctor, cogió su bastón y salió a la escalera.
Asida al pasa-manos, con la precaución y la lentitud que da la avanzada edad, comenzó a bajar los tres pisos que le separaban de la calle y mientras lo hacía no pudo evitar pensar en todas las veces que a lo largo de los años habían intentado instalar un ascensor. Pero el dueño del edificio siempre parecía tener intereses mejores en los que invertir su dinero; al fin y al cabo aquella comunidad era de renta antigua, ya no le era rentable, así que el ascensor nunca se instaló.
Para cuando terminó de bajar las escaleras y salió a la calle el taxi al que había llamado  le estaba esperando en la puerta. El taxista, al verla, muy amable se bajó para abrirle la puerta.
-          Muchas gracias hijo- le dijo Saturia una vez dentro del vehículo.
-          De nada señora, ¿Dónde vamos?
-          Voy a la clínica de la calle Algueró.
-          Muy bien señora. No está muy lejos; en quince minutos estaremos allí.

Apenas eran siete manzanas lo que les separaba de la clínica pero lo cierto es que, quién sabe si por la habilidad del taxista, los quince minutos acabaron siendo 25 en los que Saturia le contó los achaques que tenía; el ruido que hacían los nuevos vecinos del cuarto piso y hasta lo mucho que echaba de menos a su hijo y a sus nietos que como vivían a 50 kilómetros les era difícil visitarla.
-          Trabajan mucho, sabe usted. Mi hijo es economista y mi nuera tiene una peluquería. Bueno…un salón de esos donde las chicas jóvenes van a que las pongan guapas. Viven muy bien pero los pobres no tienen tiempo para nada- le explicaba Saturia.
El taxista, se limitaba a mirar por el espejo retrovisor y asentir de vez en cuando y ella, que con ese asentimiento se sentía escuchada continuaba con su historia de lo sola que se encontraba desde aquel fatídico día, de hacía ocho años, en que Juan, su marido, abandonó este mundo para pasar a mejor vida.
-          ¿Usted  está casado?- le preguntó.
-          Sí, señora.
-          Ay hijo, pues cuide bien de su mujer para que le dure muchos años- le aconsejaba Saturia cuando se detuvo el vehículo.
-          Lo haré señora. Hemos llegado- le dijo el taxista mientras paraba el taxímetro.
-          Son veintitrés euros.

Con su pulso temblón, Saturia sacó el monedero del bolso y le entregó un billete de 50 euros mientras le decía:
-          Cobre usted veinticinco, para que se pueda tomar un café.
El taxista cogió el billete y  nada más hacerlo notó algo extraño en él.
-          Señora, no le puedo cobrar nada porque este billete es falso.
-          ¿Pero, como puede ser? Si me los dieron la semana pasada en el banco. Ay dios mío que vergüenza. Espere que le doy otro.
-          Si se los dieron todos juntos seguramente sean igual que éste- le respondió el taxista -¿Cuántos tiene?
-          Llevo cuatro porque quería hacer la compra. No salgo mucho sabe usted; estas piernas mías no son lo que eran pero…tenga, téngalos; a ver si valen. Que disgusto madre mía.
El taxista miró los billetes y con pesar le informó de que efectivamente y como él se imaginaba eran todos falsos.
-          ¿Y ahora que hago yo, como le pago? –le preguntaba Saturia más avergonzada que disgustada.
-          No se preocupe señora- intentaba tranquilizarla el taxista –Si usted quiere, yo le hago el favor de llevarlos a la policía y, como tengo su dirección, por la tarde le llevo la denuncia y ya me pagará usted después.
-          Ay hijo, ¿de verdad? Pues no sabes cuánto le agradezco su amabilidad.
-          Nada, nada, señora, no se preocupe que yo se lo arreglo.
-          Menos mal que todavía queda gente buena como usted. Muchas gracias y perdóneme hijo- le decía Saturia mientras bajaba del coche.
-          Que tenga buen día- se despidió el taxista.

Saturia entró en la clínica y cuando le contó a Merche, la recepcionista, lo que le había ocurrido, fue cuando comprendió que el taxista nunca le llevaría la denuncia.

FIN






NOTA DE LA AUTORA: Quiero dejar de manifiesto mi total respeto hacía el colectivo de los taxistas.

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